Revista Sinapsis. ISSN 1390 9770
Periodo. Julio Diciembre 2025
Vol. 27, Nro. 2, Publicado 2025-12-31
https://www.itsup.edu.ec/sinapsis
La transcomplejidad curricular: nuevas rutas para la formación de
estudiantes críticos.
Transcomplex curriculum: new routes for the formation of critical students.
Kevin Andree Mendoza Vera (1)
Ángela Rosa Briones Mera (2)
Elan Ignacio Delgado Cobeña (3)
(1) Universidad Católica del Ecuador Sede Esmeraldas, Ecuador, Correo:
kamendoza@pucese.edu.ec, Código Orcid: https://orcid.org/0000-0002-8622-7622
(2) Universidad Técnica de Manabí, Carrera de Enfermería, Manabí Ecuador, Correo:
angela.briones@utm.edu.ec, Código Orcid: https://orcid.org/0000-0002-2233-3688
(3) Universidad Técnica de Manabí, Instituto de Admisión y Nivelación, Manabí
Ecuador, Correo: elan.delgado@utm.edu.ec, Código Orcid: https://orcid.org/0000-0003-
4843-8602
Contacto: kamendoza@pucese.edu.ec
Recibido: 8 de marzo de 2025 Aprobado: 10 de octubre de 2025
Resumen
Este artículo revisó críticamente el enfoque de la transcomplejidad curricular y su potencial
transformador en la formación de estudiantes críticos. El objetivo fue analizar, desde una
perspectiva bibliográfica, cómo la transcomplejidad curricular puede abrir nuevas rutas en los
procesos de enseñanza y aprendizaje orientados a la formación crítica, especialmente en contextos
educativos que demandan respuestas a la complejidad del mundo contemporáneo. Para ello, se
empleó una metodología de revisión documental cualitativa, centrada en la identificación, análisis
e interpretación de artículos científicos, libros y experiencias pedagógicas publicados en las dos
últimas décadas. Los resultados permitieron identificar cuatro ejes centrales: la crítica a la
fragmentación del currículo tradicional, la propuesta del currículo como red compleja e
interrelacional, el rol central del pensamiento crítico como resultado formativo y los desafíos y
oportunidades que enfrentan las instituciones educativas para implementar este enfoque. Se
evidenció que la transcomplejidad no solo cuestiona el orden epistemológico dominante, sino que
impulsa una reconfiguración ética, pedagógica y política del acto educativo. Se sostuvo que,
aunque el enfoque transcomplejo enfrenta limitaciones estructurales y culturales, su aplicación es
viable y necesaria, especialmente cuando se articula con procesos educativos colaborativos,
contextualmente relevantes y políticamente comprometidos. La transcomplejidad curricular
permite pensar la educación más allá de la mera instrucción, reconociendo su papel en la
formación de sujetos críticos, creativos y responsables, capaces de habitar y transformar un
mundo atravesado por crisis, pluralidad e incertidumbre.
Palabras clave: Educación, estudiante, formación, innovación, pedagogía, pensamiento crítico
Transcomplex curriculum: new routes for the formation of critical students.
Abstract
This article presents a critical review of the transcomplex curriculum as a theoretical and
pedagogical framework aimed at rethinking the formation of critical students in contemporary
education. The main objective was to analyze how transcomplexity contributes to the
reconfiguration of the curriculum beyond disciplinary fragmentation, epistemological
reductionism, and standardized pedagogical practices. A qualitative documentary methodology
was used, focusing on the systematic review and interpretation of scientific literature, theoretical
texts, and pedagogical experiences published over the last two decades. The findings revealed
four key aspects: (1) the limitations of traditional curricula based on linearity and
compartmentalization; (2) the transcomplex proposal of the curriculum as a dynamic, open, and
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relational network; (3) the centrality of critical thinking as an ethical and transformative
educational goal; and (4) the tensions and possibilities in implementing such an approach within
rigid institutional frameworks. The discussion highlights the value of transdisciplinarity,
contextualized knowledge, and epistemological plurality as essential elements of a curriculum
that embraces complexity. Although the implementation of the transcomplex curriculum faces
significant structural and cultural barriers, several documented experiences demonstrate its
viability, especially when promoted through collective, localized, and ethically grounded
educational practices. It is concluded that transcomplexity offers not only a theoretical alternative
but also a practical path for designing educational processes that foster critical, creative, and
socially engaged learners.
Keywords: Education, educational sciences, critical thinking, innovation, students, training.
Introducción
En las últimas décadas, la transformación acelerada de las sociedades ha puesto en tensión los
modelos educativos tradicionales, los cuales fueron concebidos bajo estructuras lineales,
fragmentadas y jerárquicas. Estas estructuras, herederas de una racionalidad técnica, demostraron
limitaciones ante fenómenos complejos, cambiantes e interdependientes como los desafíos
sociales, ambientales, culturales y tecnológicos que atraviesan el mundo actual. En este contexto,
emergieron nuevas corrientes pedagógicas y filosóficas que cuestionaron los fundamentos del
currículo convencional, abriendo paso a enfoques más integradores, dinámicos y sensibles a la
complejidad del conocimiento y de la realidad. Una de estas corrientes ha sido la
transcomplejidad, la cual, en el ámbito curricular, ha propuesto una relectura profunda de los
procesos formativos, orientada a la formación de sujetos críticos, éticos y comprometidos con su
entorno.
El concepto de transcomplejidad tuvo sus raíces en el pensamiento complejo, particularmente en
las obras de Edgar Morin (2001, 2005), quien advirtió sobre la necesidad de superar la
simplificación epistemológica impuesta por el paradigma cartesiano-newtoniano. Desde esta
perspectiva, el conocimiento debía ser entendido como un proceso abierto, contextual, recursivo
y dialogante, capaz de integrar lo multidimensional de los fenómenos humanos y naturales. La
transcomplejidad, como evolución del pensamiento complejo, no solo amplió este enfoque, sino
que lo transversalizó con aportes de la transdisciplinariedad, la teoría del caos, la cibernética de
segundo orden, la ecología de saberes y las epistemologías del Sur (De Sousa Santos, 2007;
Nicolescu, 2008).
El debate sobre el currículo no es nuevo. Ya en el siglo XX, autores como Pinar (1995) y Doll
(1993) intentaron dar respuestas a la pregunta por qué y para qué enseñar, desde marcos
metodológicos y políticos diversos. Sin embargo, fue a partir de las últimas décadas que se
evidenció una crisis del currículo tradicional frente a las nuevas demandas de la sociedad del
conocimiento, la ciudadanía planetaria, la sostenibilidad y la justicia social. Esta crisis no solo fue
técnica, sino también ética y política, pues interpeló el rol de la educación en la reproducción o
transformación de los sistemas de poder, exclusión y desigualdad.
Varios estudios respaldaron esta necesidad de transformación curricular desde marcos críticos y
complejos. Por ejemplo, Doll (1993) propuso un currículo postmoderno basado en los principios
de riqueza, recursividad, relaciones y rigor, alejándose de la linealidad y la previsibilidad. Pinar
(2014), desde la corriente del currículum reconceptualista, defendió la autobiografía y la
subjetividad como fuentes legítimas de construcción curricular. Autores latinoamericanos como
Coronel et al. (2025) o Mejía (2011) también apostaron por una pedagogía de la transcomplejidad
que articulara saberes ancestrales, ciencia moderna y prácticas emancipadoras.
En el plano pedagógico, en concordancia a Velasco (2019), la transcomplejidad curricular
propició un enfoque que reconoció la incertidumbre, el error, el conflicto y la contradicción como
elementos constitutivos del proceso educativo. Lejos de buscar certezas o control total, se valoró
la emergencia, la autoorganización y la co-creación como formas legítimas de aprendizaje. La
didáctica dejó de ser un simple instrumento de transmisión para convertirse en una práctica
reflexiva, ética y dialógica, orientada a formar sujetos capaces de actuar críticamente en un mundo
en constante transformación.
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En este marco, la formación de estudiantes críticos fue uno de los pilares centrales de la propuesta
transcomplejas. Entendida como la capacidad de interpretar, cuestionar, argumentar y transformar
la realidad, la criticidad se vinculó estrechamente con la autonomía, la responsabilidad y la
conciencia histórica. No se trató de una competencia aislada, sino de una cualidad que emergió
del diálogo entre el sujeto, el conocimiento y el mundo (Vieira y Ramos, 2018). La
transcomplejidad, al reconocer la multidimensionalidad de los procesos educativos, favoreció una
criticidad situada, intersubjetiva y comprometida con la justicia social y ecológica.
No obstante, la implementación de un currículo transcomplejo no estuvo exenta de desafíos. Para
Rodríguez (2018), entre ellos, destacaron la resistencia institucional, la rigidez normativa, la
escasa formación docente en enfoques complejos y la evaluación estandarizada. A ello se sumó
la tensión entre las demandas del sistema educativo formal y las necesidades del entorno
comunitario, así como la dificultad de integrar saberes no hegemónicos en los diseños curriculares
oficiales. Pese a ello, experiencias innovadoras en diversos contextos demostraron que era posible
avanzar hacia formas curriculares más abiertas, inclusivas y sensibles a la complejidad.
Asimismo, la revisión bibliográfica permitió identificar diversas experiencias curriculares
inspiradas en la transcomplejidad. Algunas de ellas se desarrollaron en universidades que
adoptaron modelos pedagógicos basados en la integración de saberes, el aprendizaje colaborativo,
la investigación-formación y el compromiso social. Otras surgieron en escuelas alternativas,
proyectos comunitarios o iniciativas interculturales que cuestionaron la lógica disciplinar y
propusieron nuevas formas de pensar la educación. Estas experiencias compartieron una visión
común: la necesidad de repensar el currículo como un proceso vivo, contextual y ético, capaz de
responder a los retos del presente y del futuro.
La transcomplejidad curricular ofreció un marco potente para repensar la educación en clave de
criticidad, inclusión y transformación (de Oliveira, 2012). Su valor no radicó en proponer una
fórmula única, sino en abrir horizontes para la reflexión y la acción pedagógica. Frente a los
desafíos actuales crisis climática, polarización social, desinformación, pérdida de sentido se
hizo urgente una educación que no solo transmita contenidos, sino que forme sujetos capaces de
habitar la incertidumbre, dialogar con la diversidad y actuar con conciencia crítica.
En este sentido, este artículo tuvo como objetivo analizar, desde una revisión bibliográfica, los
aportes de la transcomplejidad curricular en la formación de estudiantes críticos, identificando
sus fundamentos teóricos, implicaciones pedagógicas y desafíos para su implementación en
contextos educativos contemporáneos.
Materiales y métodos
Este artículo se sustentó en una revisión bibliográfica de carácter cualitativo y exploratorio,
orientada a analizar los aportes conceptuales, epistemológicos y pedagógicos del enfoque de la
transcomplejidad curricular en relación con la formación de estudiantes críticos. La revisión tuvo
como propósito construir una mirada integral sobre el estado del conocimiento en torno al tema,
identificar los principales autores y corrientes que lo sustentaron, y extraer elementos clave para
una reflexión crítica y propositiva sobre el currículo desde la perspectiva de la complejidad.
La elección de la revisión bibliográfica como estrategia metodológica respondió a la necesidad
de fundamentar el estudio sobre una base amplia de producción académica, teórica y experiencial.
Esta metodología permitió recuperar y articular distintas voces, posturas y experiencias que
enriquecieron el debate curricular desde el enfoque de la transcomplejidad, sin pretensión de
exhaustividad, pero con rigor en la selección y análisis de las fuentes.
El proceso de búsqueda bibliográfica se desarrolló en tres fases: planificación, recopilación y
análisis. Durante la fase de planificación, se definieron los criterios de inclusión y exclusión de
los textos a considerar. Se priorizaron publicaciones académicas indexadas, libros, capítulos de
libros, tesis de posgrado y documentos institucionales que abordaran directa o indirectamente los
temas de currículo, transcomplejidad, pensamiento complejo, transdisciplinariedad, formación
crítica y transformación educativa. Se excluyeron textos de carácter meramente descriptivo, sin
respaldo teórico o que presentaran un tratamiento superficial del enfoque complejo.
Para la fase de recopilación, se realizaron búsquedas en bases de datos académicas como Scopus,
Scielo, Redalyc, Dialnet, Google Scholar y ERIC, utilizando combinaciones de palabras clave en
español, inglés y portugués. Entre los descriptores empleados figuraron: “currículo
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transcomplejo”, “transcomplejidad y educación”, “pensamiento complejo”, “formación de
estudiantes críticos”, “epistemologías del sur”, “transdisciplinariedad”, “educación emergente” y
“currículo alternativo”. Se incorporaron también autores clave, como Edgar Morin, Basarab
Nicolescu, Marco Raúl Mejía, William Doll, William Pinar y Boaventura de Sousa Santos, entre
otros.
La selección final incluyó 36 documentos, publicados entre los años 1989 y 2025, considerando
la vigencia del enfoque y su evolución a lo largo de las últimas décadas. Se procuró garantizar
una diversidad de fuentes que representaran distintas regiones geográficas, especialmente
América Latina y Europa, con el objetivo de captar las distintas interpretaciones y aplicaciones
del enfoque transcomplejo en el ámbito curricular.
Durante la fase de análisis, se utilizó una estrategia de codificación temática abierta, basada en la
lectura comprensiva y crítica de los textos seleccionados. Los contenidos se organizaron en
categorías emergentes que permitieron estructurar el desarrollo del artículo. Las principales
categorías fueron: (1) fundamentos epistemológicos de la transcomplejidad curricular, (2) ruptura
con el paradigma curricular tradicional, (3) implicaciones pedagógicas y didácticas, (4) formación
crítica del estudiantado, y (5) desafíos para la implementación en sistemas educativos formales.
El análisis de la información no se limitó a una síntesis descriptiva de los textos, sino que procuró
establecer relaciones entre autores, identificar tensiones conceptuales, destacar convergencias y
divergencias, y construir un marco interpretativo coherente que permitiera dar cuenta de la riqueza
y complejidad del enfoque estudiado. Se adoptó una postura hermenéutica, reconociendo que todo
análisis implica una lectura situada y contextualizada, permeada por los marcos conceptuales del
investigador y por la intencionalidad del estudio.
Asimismo, se tomaron en cuenta las implicaciones éticas de la revisión bibliográfica. Se
respetaron las fuentes originales, se evitaron interpretaciones forzadas o sesgadas, y se garantizó
la trazabilidad de los textos mediante una adecuada citación. Aunque no se trató de una
investigación empírica directa con participación humana, se actuó con responsabilidad académica
al construir conocimiento a partir de las producciones de otros autores, reconociendo sus
contribuciones y evitando prácticas de apropiación indebida.
Resultados
La revisión bibliográfica permitió identificar un conjunto de aportes significativos que delinearon
el papel de la transcomplejidad curricular como propuesta innovadora para la formación de
estudiantes críticos. Estos resultados se organizaron en torno a cuatro grandes ejes temáticos que
emergieron del análisis sistemático de los textos: (1) fundamentos epistemológicos de la
transcomplejidad curricular, (2) resignificación del currículo como entramado de saberes y
relaciones, (3) implicaciones pedagógicas para la formación crítica, y (4) tensiones y desafíos en
la implementación de propuestas transcomplejas.
1. Fundamentos epistemológicos de la transcomplejidad curricular
Los textos analizados coincidieron en señalar que la transcomplejidad curricular se sustentó en
un giro epistemológico radical respecto a los modelos tradicionales. A partir del pensamiento
complejo propuesto por Morin (2001, 2005), se entendió que el conocimiento debía abandonar su
pretensión de linealidad, predictibilidad y control, para abrirse a la incertidumbre, la
contradicción, la emergencia y la contextualidad. En esta línea, la transcomplejidad se presentó
como una superación del reduccionismo disciplinar y una apuesta por una inteligencia relacional,
multidimensional y transdisciplinaria.
Autores como Nicolescu (2014) y De Sousa Santos (2004) enriquecieron esta base epistemológica
al incorporar nociones como la transdisciplinariedad y las epistemologías del Sur, que permitieron
pensar el currículo como un espacio de integración entre saberes académicos, prácticos,
ancestrales y populares. Esta apertura epistémica habilitó la posibilidad de construir procesos
formativos más dialógicos, plurales y conectados con los problemas reales del mundo.
2. Resignificación del currículo como entramado dinámico
Otro resultado destacado fue la redefinición del currículo, ya no como una secuencia técnica de
objetivos y contenidos, sino como un entramado dinámico, ético y contextual. Se recuperó la idea
del currículo como una construcción situada, sujeta a las interacciones entre sujetos, saberes y
contextos, más que como un producto estandarizado. Doll (1989), por ejemplo, propuso un
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currículo rizomático, estructurado en torno a relaciones no jerárquicas, que favoreciera la
emergencia de nuevos sentidos y trayectorias formativas.
3. Implicaciones pedagógicas para la formación crítica
En relación con la pedagogía, los resultados mostraron que el enfoque transcomplejo implicó un
cambio profundo en las formas de enseñar, aprender y evaluar. La educación dejó de centrarse
exclusivamente en la transmisión de contenidos, para convertirse en un proceso relacional, ético
y transformador. Se promovió una didáctica centrada en el diálogo, la reflexión, la
problematización y la investigación-acción, que favoreciera el desarrollo del pensamiento crítico,
la autonomía moral y el compromiso social.
Autores como Mejía (2010) y Bastos y Gonçalves (2015) destacaron la necesidad de una
pedagogía crítica de la transcomplejidad, que integrara los saberes del cuerpo, la emoción, la
comunidad y el territorio. En este sentido, la formación de estudiantes críticos no se concibió
como una competencia técnica, sino como un proceso integral que involucró la conciencia
histórica, la sensibilidad ética y la capacidad de actuar en el mundo con responsabilidad. La
criticidad se entendió como una condición indispensable para una ciudadanía activa, plural y
emancipadora.
4. Tensiones y desafíos de implementación
Los resultados evidenciaron una serie de tensiones estructurales, políticas e institucionales que
dificultaron la implementación de propuestas curriculares transcomplejas. Entre los principales
obstáculos se identificaron: la rigidez de los marcos normativos nacionales, la cultura escolar
basada en la reproducción y la homogeneización, la evaluación estandarizada, la formación
docente insuficiente en pensamiento complejo, y la resistencia al cambio en instituciones
educativas tradicionales (Briceño, 2021).
Además, se observó una brecha entre el discurso académico sobre la complejidad curricular y las
prácticas cotidianas de aula. Muchos docentes manifestaron voluntad de transformación, pero
carecieron de herramientas, tiempo o respaldo institucional para llevar adelante innovaciones
sostenidas (Velasco et al., 2020). Esta situación puso en evidencia la necesidad de políticas
públicas que promuevan la formación permanente, la autonomía curricular y la creación de
espacios para la experimentación pedagógica.
Sin embargo, también se encontraron señales esperanzadoras: redes de educadores, movimientos
pedagógicos críticos y experiencias comunitarias que impulsaron formas alternativas de currículo
desde abajo, demostrando que era posible avanzar hacia una educación más coherente con los
principios de la transcomplejidad.
Discusión
La transcomplejidad curricular emerge como una alternativa epistemológica y pedagógica que
desafió las bases tradicionales del currículo escolar y universitario (Velasco, 2014). En esta
discusión se analizan críticamente los hallazgos obtenidos en la revisión bibliográfica,
estableciendo conexiones con debates contemporáneos en torno a la reforma educativa, la
formación del pensamiento crítico, la complejidad y la transformación curricular. A partir de estos
diálogos, se plantean tensiones, alcances y proyecciones del enfoque transcomplejo, reconociendo
tanto su potencia teórica como sus desafíos prácticos.
De la simplificación a la transcomplejidad: una ruptura epistémica necesaria
Uno de los aportes más significativos de los textos revisados fue la denuncia de la simplificación
como principio estructurante de los modelos curriculares hegemónicos. El currículo moderno se
ancló en principios de orden, segmentación, previsibilidad y control, heredados de la racionalidad
técnica y positivista que dominó la configuración de los sistemas escolares desde el siglo XIX.
Esta lógica, basada en la división del conocimiento en disciplinas autónomas, la jerarquización
de saberes y la estandarización de los aprendizajes, generó una concepción instrumental del
currículo como tecnología de reproducción social (Carreño y Rodríguez, 2011; Pacheco et al.,
2019).
Frente a este modelo, la transcomplejidad curricular propuso una ruptura epistémica orientada a
recuperar la riqueza, ambigüedad y pluralidad del conocimiento. El pensamiento complejo
(Morin, 2005) planteó que todo saber está atravesado por la incertidumbre, la contradicción y la
paradoja, y que comprender requiere relacionar, contextualizar y asumir la incompletitud. Esta
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postura no solo desafió la estructura del currículo tradicional, sino que también cuestionó las
formas dominantes de enseñar, aprender y evaluar.
Autores como Nicolescu (2014) y De Sousa Santos (2007) ampliaron este marco al incorporar la
idea de transdisciplinariedad y epistemologías del Sur. En este sentido, la transcomplejidad no se
limitó a integrar saberes académicos, sino que también llamó a recuperar los conocimientos
locales, ancestrales, comunitarios, afectivos y estéticos, tradicionalmente excluidos del currículo
formal. Esta apertura implicó un reconocimiento político de las múltiples formas de conocer, así
como una crítica al monopolio epistemológico de la ciencia occidental.
Desde esta perspectiva, la transcomplejidad no solo representó una ampliación epistemológica,
sino también una postura ética frente a la educación: formar no para adaptar sino para transformar,
no para repetir sino para crear, no para competir sino para convivir.
Currículo como red: la emergencia de una arquitectura flexible y dialógica
Uno de los ejes más transformadores del enfoque transcomplejo fue la resignificación del
currículo como red. Esta metáfora, adoptada por autores como Doll (2008) y Silva (2018),
permitió pensar el currículo no como una secuencia cerrada de contenidos, sino como un
entramado abierto, dinámico y relacional. En esta concepción, los saberes no se presentaron de
manera lineal ni jerárquica, sino en constante interacción, permitiendo la emergencia de nuevos
sentidos a partir del diálogo entre disciplinas, culturas, lenguajes y experiencias.
Esta arquitectura curricular supuso un cambio profundo en la lógica organizativa del
conocimiento. Mientras el currículo tradicional fragmentó el saber en asignaturas aisladas, el
currículo transcomplejo buscó establecer conexiones transversales, promover aprendizajes
significativos e incorporar problemas del mundo real. Este giro supuso una reivindicación de la
complejidad de la vida como eje estructurador del conocimiento escolar, y no su negación.
Además, el enfoque transcomplejo exigió la superación del modelo bancario de educación
(Santos, 1993), en el que el docente “transfiere” conocimiento a estudiantes pasivos. En cambio,
propuso un proceso de co-construcción del saber, en el que educadores y estudiantes se
reconocieron como sujetos epistémicos, en constante diálogo con su contexto y con los desafíos
de su tiempo. Esta visión situó al currículo como un acto ético, político y creativo.
Formación de estudiantes críticos: de la instrucción a la conciencia transformadora
Uno de los puntos más consistentes en la revisión fue el vínculo entre transcomplejidad curricular
y formación de estudiantes críticos. En los enfoques tradicionales, la criticidad fue frecuentemente
reducida a una habilidad cognitiva avanzada, anclada en el pensamiento lógico y abstracto. Sin
embargo, el enfoque transcomplejo recuperó una visión más integral del pensamiento crítico,
enraizado en la experiencia, el compromiso ético, la capacidad de interrogar la realidad y la
voluntad de transformarla.
Esta perspectiva coincidió con las pedagogías críticas de autores como Valeriano et al. (2022),
González (2023) y Chávez (2024), quienes sostuvieron que la educación no puede ser neutral, y
que formar críticamente implica leer el mundo, reconocer las estructuras de poder que lo
configuran y actuar sobre ellas. En este sentido, el currículo dejó de ser un mero organizador de
contenidos para convertirse en un espacio de disputa por el sentido del conocimiento, la
democracia y la justicia social.
Los hallazgos revelaron que esta formación crítica no se limitó al aula, sino que atravesó las
relaciones pedagógicas, las metodologías empleadas, la evaluación, la organización del tiempo y
del espacio, y la forma en que se concebía el rol del estudiante. El sujeto crítico no fue entendido
como quien opina o cuestiona, sino como quien piensa con otros, se implica, reconoce su agencia
y construye sentido desde su lugar en el mundo.
Esta visión demandó también una formación docente diferente: capaz de sostener la
incertidumbre, renunciar al control absoluto del proceso, acompañar trayectorias diversas y
construir ambientes pedagógicos inclusivos. El maestro en la transcomplejidad no fue solo un
mediador, sino un creador de condiciones para la emergencia de nuevos saberes, prácticas y
subjetividades (Pinar, 2019).
Entre la utopía y la práctica: obstáculos y posibilidades de implementación
Pese a su potencial teórico, la revisión bibliográfica también puso en evidencia importantes
obstáculos para la implementación del currículo transcomplejo. En muchos contextos, la cultura
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escolar se mantuvo fuertemente anclada a la lógica de control, repetición y evaluación
estandarizada. Esta cultura se vio reforzada por políticas educativas centradas en la rendición de
cuentas, los rankings, las pruebas externas y la eficiencia como criterio de calidad (Carrillo et al.,
2021; González, 2016).
Sin embargo, también se documentaron experiencias educativas que, desde lo local, lograron abrir
grietas en el modelo hegemónico. De acuerdo a Adco et al. (2022), escuelas rurales, colectivos
docentes, universidades interculturales y programas alternativos implementaron diseños
curriculares flexibles, integradores y situados. Estas experiencias compartieron algunos
elementos comunes: fuerte vinculación con la comunidad, apertura al diálogo de saberes,
construcción colectiva del currículo, y apuesta por una pedagogía de la pregunta, más que de la
respuesta.
Estas iniciativas demostraron que la transcomplejidad no es un ideal inalcanzable, sino una
posibilidad concreta cuando existen voluntad política, autonomía institucional y compromiso
ético-pedagógico. Su éxito, sin embargo, dependió en gran medida del trabajo colaborativo, la
formación permanente y la creación de redes de apoyo entre educadores.
Una transformación inacabada: proyecciones hacia una educación del porvenir
La transcomplejidad curricular, como toda propuesta de transformación, no estuvo exenta de
limitaciones. Algunos autores advirtieron que, en ocasiones, se corría el riesgo de idealizar el
enfoque sin reconocer las tensiones inherentes a su implementación (González, 2017; Mejía,
2017). También se señaló la necesidad de desarrollar marcos operativos más claros, capaces de
traducir los principios complejos en prácticas pedagógicas sostenibles.
A pesar de ello, el enfoque transcomplejo permitió imaginar nuevas rutas para la educación. En
un mundo atravesado por crisis múltiples ambientales, sociales, económicas, políticas, la
formación de estudiantes críticos, capaces de pensar de forma sistémica, actuar éticamente y
construir alternativas, se volvió más urgente que nunca. La educación ya no pudo ser concebida
como una preparación para un futuro estático, sino como una respuesta creativa a un presente en
constante transformación.
La transcomplejidad ofreció una vía para habitar esta incertidumbre con responsabilidad,
cultivando en los sujetos no solo habilidades cognitivas, sino también sensibilidad, diálogo,
cooperación y conciencia histórica. En lugar de ofrecer recetas, propuso una ética del cuidado,
una estética de la diversidad y una política de la esperanza. En este sentido, más que una técnica
curricular, fue una apuesta por otro modo de comprender y vivir la educación.
Conclusiones
La revisión realizada permitió comprender que el enfoque de la transcomplejidad curricular no
solo se plantea como una innovación epistemológica o pedagógica, sino como una respuesta
crítica a los límites del modelo educativo moderno. Al analizar los aportes teóricos y las
experiencias documentadas en distintas realidades educativas, se evidenció que la
transcomplejidad ofrece un marco amplio, flexible y profundamente ético para repensar la función
del currículo en la formación de sujetos críticos.
Inicialmente, quedó claro que el modelo curricular tradicional, basado en la fragmentación, el
control y la predictibilidad, ha perdido capacidad para dar respuesta a los desafíos de un mundo
complejo, incierto e interdependiente. En contraste, la transcomplejidad propuso una mirada
integradora, que reconoce la interconexión de saberes, la diversidad de formas de conocimiento
y la necesidad de abordar los problemas desde una perspectiva holística.
En segundo lugar, se establec que la transcomplejidad curricular potencia la formación del
pensamiento crítico como una actitud ética, reflexiva y transformadora. Este enfoque no separa
lo cognitivo de lo afectivo ni lo académico de lo social, sino que propicia una educación situada,
comprometida y orientada al bien común.
Por último, aunque se identificaron múltiples barreras para la implementación de este paradigma
en sistemas educativos fuertemente estandarizados, también se encontraron experiencias exitosas
que demuestran su viabilidad. Estas iniciativas, construidas desde lo local y lo colectivo,
confirman que la transcomplejidad curricular puede ser no solo pensada, sino también vivida,
como una alternativa real para formar estudiantes críticos, creativos y comprometidos con la
transformación social.
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