ISSN 2773-7705
Periodo. Julio - Diciembre 2025
Vol. 13, Nro. 2, Publicado 2025-12-31
https://revistas.itsup.edu.ec/index.php/Higia
mayor frecuencia los pacientes suelen
presentar cefalea, ataxia y signos de aumento
de la presión intracraneal (4).
Dentro de los factores de riesgo se encuentran
la edad, los antecedentes familiares y los
factores genéticos, en especial las mutaciones
en el gen PTEN (fosfatasa y homólogo de
tensina) (1). Este gen, que normalmente actúa
como un supresor tumoral, cuando muta causa
una disfunción en la proteína PTEN, lo que
desencadena un crecimiento anormal de
células en el cerebelo (3, 5). Aunque la
mayoría de los casos son esporádicos, se han
observado algunos con un patrón de herencia
autosómica dominante, lo que significa que la
mutación en un solo gen de uno de los padres
puede desencadenar la enfermedad (6, 7). En
estos casos, la ELD forma parte de un espectro
clínico más amplio, caracterizado por
predisposición a tumores benignos y malignos
en diversos órganos. Históricamente, esta
entidad fue descrita por primera vez en 1920
por Jean Lhermitte y Jacques Duclos, quienes
documentó un caso con síntomas neurológicos
progresivos y hallazgos patológicos
cerebelosos inusuales (5).
Desde entonces, la enfermedad ha sido
considerada una malformación
hamartomatosa más que un tumor neoplásico
en sentido estricto, dada su histología
desorganizada y la ausencia de mitosis o atipia
celular franca (6, 8). Su inclusión en los
síndromes de predisposición tumoral ha
ganado relevancia con el avance en genética
molecular (4,5).
El diagnóstico de la enfermedad de Lhermitte-
Duclos implica una evaluación exhaustiva que
abarca diversas pruebas y análisis. Por un lado,
el examen neurológico proporciona una
evaluación integral de la función neurológica
de los pacientes, abordando aspectos como la
coordinación, el equilibrio, la fuerza muscular
y los reflejos (6); por otro lado, la resonancia
magnética (RM) revela hallazgos
característicos, como el agrandamiento del
cerebelo con una disposición en capas de las
células de Purkinje, lo que genera una
apariencia “rayas de tigre" (6, 7, 8, 9).
Este patrón imagenológico es considerado
prácticamente patognomónico cuando se
acompaña de una clínica compatible.
En cuanto al análisis genético, se ha
evidenciado que, aunque puede confirmar el
diagnóstico mediante la identificación de una
mutación en el gen PTEN, no siempre es
concluyente, dado que no todos los pacientes
presentan mutaciones identificables (6,9).
Además, el análisis histopatológico puede ser
útil para examinar las características
microscópicas del tejido cerebral (7,8, 10). Por
eso, en este reporte de caso se presenta el
relato de una paciente femenina de 38 años
diagnosticada con ELD tras un cuadro clínico
complejo y una investigación exhaustiva.
Esta patología representa un desafío
diagnóstico y terapéutico debido a su rareza, lo
que ha limitado la disponibilidad de guías
clínicas estandarizadas. A pesar de su
naturaleza benigna, el compromiso
neurológico derivado del efecto de masa puede
ser severo, y su asociación con síndromes
genéticos como el de Cowden obliga a un
enfoque integral y multidisciplinario (6, 11).
Resulta fundamental la integración de los
hallazgos clínicos, imagenológicos,
histológicos y moleculares ya que no solo son
de gran utilidad para confirmar el diagnóstico,
sino también son de gran ayuda para planificar
un tratamiento adecuado y establecer un
seguimiento a largo plazo. Asimismo, se
plantea la necesidad de aumentar la vigilancia
en pacientes con antecedentes personales o
familiares de neoplasias o síndromes
hamartomatosos, ya que la ELD puede
representar una manifestación inicial de un
trastorno genético más complejo (1, 2, 3).